En la UE se generan decenas de millones de toneladas de residuos plásticos cada año, además de los millones de toneladas más de deshechos electrónicos -como ordenadores, cámaras o televisores viejos- y textiles (en su mayoría prendas de vestir) que también se tiran a la basura sin posibilidad de ser reciclados, recuperados o reutilizados. La gran paradoja: todo lo que más generamos es también aquello que menos aprovechamos y que, por si esto no fuera suficiente, más compromete nuestros ecosistemas.

La escasa concienciación de los consumidores sobre una escasa e ineficiente gestión de los residuos es otro de los temas pendientes que debemos abordar como sociedad que debe ser parte de la solución y no solo del problema. Por si fuera poco, la presencia de sustancias peligrosas -como ha dejado evidente la pandemia- también puede obstaculizar el reciclado y, por lo tanto, las oportunidades de avanzar a una mayor circularidad.

La transición a la economía circular es la clave para preservar la naturaleza, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y conseguir, al mismo tiempo, un modelo económico que lleve al crecimiento y al empleo. No hay estudio que no lo demuestre con cifras y previsiones, desafortunadamente, más alarmantes que halagüeñas. Para conseguir este triple objetivo, implantar y reforzar todo tipo de políticas efectivas en el sector del reciclaje es prioritario. La fórmula es sencilla: residuo es recurso. Y problema es oportunidad.

Algunos estudios sugieren que la transición a una economía circular podría generar un beneficio económico neto de 1,8 billones de euros para Europa en 2030. Otros señalan que la adopción de la economía circular podría crear un incremento neto de 4,8 millones de puestos de trabajo en América Latina y el Caribe. Según la Comisión Europea, la aplicación de unas medidas circulares ambiciosas en Europa podría generar alrededor de 700.000 nuevos empleos.

La economía circular está en la hoja de ruta, pero, pese a estas cifras, en muchos países se resiste a ser una prioridad. De momento, en Europa se han adoptado diversas políticas al respecto como el Pacto Verde Europeo y más de 60 estrategias y hojas de ruta de circularidad a nivel regional, nacional y local. En el caso de China, esta se adelantó a la tendencia mundial cuando adoptó su Ley de Promoción de la Economía Circular en 2009, o, más recientemente, la Prohibición de la Importación de Residuos en 2018, medida que ha tenido un gran impacto a nivel mundial. Aunque con cierto retraso, la mayoría de los países de América Latina han adoptado una o más medidas clave de economía circular. Y en el caso de África, se están registrando un aumento de las iniciativas relacionadas con la circularidad, como la creación de la Red Africana de Economía Circular o la Alianza Africana de Economía Circular, lo que refleja el creciente interés y la concienciación sobre el tema en este continente. ¿Suficiente? No. Queda mucho por hacer.

Para avanzar hacia una economía circular es necesario abordar el residuo no como un problema, sino como un vector de rentabilidad y crecimiento, al alcance de todas las economías. Será la suma de los avances tecnológicos que mejoran su gestión y valorización, y la concienciación gubernamental, empresarial y ciudadana, lo que nos llevará a crear una nueva sociedad. Porque solo fundamentada en el reciclaje y la circularidad, logrará ser verdaderamente sostenible en el futuro.